Thomas Madiou y Vitriólico intercambian ideas. —Profesor Madiou — dice el maestro Vitriólico—, muchos de sus compatriotas acusan a los dominicanos de ser racistas. ¿No será una parte importante del pueblo haitiano la que, en realidad, ha abrazado la causa del prejuicio racial?
— En mi libro Historia de Haití relato ese comportamiento —responde Madiou—. Por ejemplo, la insurrección de Accau contra Riviere tenía como objetivo no confesado aniquilar la preponderancia política de los hombres de color (mulatos), destruir a todos los que entre ellos no quisieran someterse a la supremacía negra y proclamar a un negro presidente de Haití tan pronto como triunfaran.
— ¡Ah! Entonces me concede la razón.
— Escuche Vitriólico, antes del 3 de mayo de 1844, y, por consiguiente, de la caída de Riviere, el general Pierrot había declarado la escisión del norte. No actuaba movido por su interés personal, sino por restaurar la supremacía de su raza (negra).
— Entonces no disimulaba su encono racial —comenta Vitriólico.
— Hizo que se pusiera una estrella en la bandera haitiana, a la que llamaron estrella del norte. Los dominicanos habían colocado en su bandera una cruz blanca; había esta diferencia entre el este y el norte: los dominicanos se habían separado de los haitianos en alma y corazón y para siempre con el objeto de protegerse contra la supremacía negra, aunque no lo hubiesen declarado en forma oficial.
— La cruz blanca se colocó en la bandera en atención al credo religioso del pueblo dominicano, no por cuestión racial — aclara Vitriólico. Esa actitud de su pueblo viene desde el nacimiento de Haití, en 1804.
— El negro, según Dessalines, no tiene la iniciativa del mulato ni su intrepidez — explica Madiou —; este es vivo, impetuoso; tiene entusiasmo, lo que a menudo causa su perdición, sobre todo porque aborrece la disciplina; en fin, que tiene sangre gala en las venas.
— Es de gran honradez profesional que usted reconozca la actitud que impera en su gente, pero en su país también predomina la arbitrariedad en contra de cualquier extranjero.
— Le respondo con un ejemplo — interviene Madiou—. El Decreto de Pierrot del 9 de septiembre de 1845 establece que cualquier haitiana que se case con un extranjero será, por ese solo hecho, despojada del derecho a poseer inmuebles en Haití, su sucesión se abrirá en provecho de sus coherederos.
— ¡Ah! Profesor, el problema es que en Haití hay muchos Pierrot. Su actuación no fue fruto del azar.
— De hecho, él había terminado de definir claramente su política: apartar al blanco por considerarlo enemigo de la raza negra; desconfianza hacia los hombres de color, a los que llamaba hijos del blanco; y conquistar la parte del este.
— La insistencia en ocupar el territorio dominicano sigue siendo un argumento recurrente en la mente de sus compatriotas — lanza Vitriólico la especie como si fuera un estilete.
Madiou, consciente de la gravedad de la insinuación, responde: — En la proclama del general Luis Pierrot del 10 de mayo de 1845, en su condición de nuevo presidente de Haití, dijo: “Apelo, pues, mis queridos conciudadanos (dominicanos) a que os reunáis de nuevo a la República de Haití. La unidad nacional debe reconstituirse a despecho de todas las intrigas, de todas las pérfidas sugerencias de las que habéis sido víctimas. Nunca renunciaré a la indivisibilidad del territorio haitiano.
— Profesor, el general no perdonó nunca la vergonzosa humillación que sufrió en la batalla del 30 de marzo de 1844 y en las posteriores.
— Cuando esta proclama de mayo de 1845 llegó a la parte del este, toda la población se indignó. Se declaró en peligro la patria y comenzaron a armarse —refiere Madiou —. El gobierno dominicano encaminó numerosas milicias hacia las fronteras.
—La persistencia en proponerse invadir las tierras en que se fue cociendo la dominicanidad, hace desconfiar al dominicano de las intenciones del haitiano — razona Vitriólico.
—Los pueblos y el campo veían con reprobación el proyecto de emprender una campaña contra los dominicanos — elucubra Madiou—. El descontento llegó a un punto álgido cuando el 1 de enero de 1846 Pierrot anunció el inicio de la campaña en la parte del este. El 27 de febrero de 1846, el pueblo, el tercer regimiento de artillería, el séptimo y el octavo, la gendarmería, el vigésimo y la caballería, proclamaron la caída de Pierrot.
— Muy bien derrocado —exclama Vitriólico —, pero eso pertenece al pasado. Ahora tenemos a los descendientes de ese mismo pueblo en las tierras que siempre han pretendido ser suyas. Y sin disparar un solo tiro. No me responda. Ese ya es un asunto nuestro y de nadie más.
El Decreto de Pierrot del 9 de septiembre de 1845 establece que cualquier haitiana que se case con un extranjero será, por ese solo hecho, despojada del derecho a poseer inmuebles en Haití, su sucesión se abrirá en provecho de sus coherederos.